Por Darío Aranda
Desde Eldorado hasta Esquel. De Las Lomitas a Loncopué. De Andalgalá a Guadalupe Norte. Son personas que no aparecen en redes digitales ni en grandes medios de comunicación. No aspiran al “éxito” que ofrece el sistema ni se acercan al poder de turno. Participan de espacios colectivos que priorizan el cuidado del agua, el aire, el territorio, la vida. Y están empecinadas en construir alternativas al capitalismo que depreda la tierra. Son familias campesinas, pueblos indígenas, organizaciones de base y asambleas socioambientales.
Desde hace décadas afirman que el modelo de país –a base de agronegocio, petróleo, minería, forestales, megarepresas y energía nuclear– es un nuevo capítulo de los espejitos de colores que lleva 500 años, una trampa no solo económica, sino (y sobre todo) política, con amplias consecuencias sociales,ambientales y sanitarias.
Un modelo extractivo que fue (y es) piedra basal de todos los gobiernos. Protagonizado por grandes empresas y presidentes, gobernadores, legisladores e intendentes, jueces y fiscales, que no aceptan alternativas a la de exprimir territorios y vidas. “ Los supuestos representantes del pueblo no son gobernantes , son gerentes ejecutores de las grandes empresas y de los terratenientes”, denuncia Marcos Pastrana, abuelo diaguita de Tafí del Valle (Tucumán).
Las pruebas, voces y estudios de las consecuencias del modelo extractivo son contundentes. Solo a modo de ejemplo: la concentración de la tierra se supera año a año. El 1 por ciento de las explotaciones agropecuarias controla el 36 por ciento de la tierra; y el 55 por ciento de las chacras (las más pequeñas) cuenta con solo el 2 por ciento de la tierra. Argentina experimenta una reforma agraria pero al revés, donde muy pocos tienen casi todo, y muchos no tienen casi nada. Las zonas de megaminería, como Andalgalá y Jáchal, son de las regiones más pobres del país. En las localidades donde se explota Vaca Muerta, “las mayores reservas” de hidrocarburos no convencionales, no hay gas natural para la población y hasta se siguen calefaccionando con leña. En Añelo, epicentro petrolero, existen más prostíbulos que escuelas: es el “desarrollo” que brinda el extractivismo.
Las enfermedades asociadas al uso de agrotóxicos aumentaron exponencialmente en las regiones del agronegocio. “Epidemia de cáncer en zonas sojeras” , denuncian los pueblos fumigados, desde Avia Terai (Chaco) a Exaltación de la Cruz (Buenos Aires), desde Ituzaingó Anexo (Córdoba) a San Jorge (Santa Fe). Desastre sanitario también confirmado con cientos de estudios científicos. “Es un experimento masivo a cielo abierto”, había alertado el científico Andrés Carrasco en 2009.
En un país donde las pruebas son irrefutables, igual se reproducen discursos mediáticos, desde grandes medios de comunicación hasta los inefables “influencers”, que llaman a explotar la naturaleza o, en el mejor de los casos, a hacerlo con “cuidado”, como si se pudiera desmontar millones de hectáreas o detonar montañas de forma “sustentable”.
Cuando la realidad está alterada de forma extrema es necesario buscar otras categorías de análisis para poder pensar el presente, luego accionar y transformar la realidad. Con una pobreza del 50 por ciento, con un millón de niños que no pueden cenar cada noche (datos de Unicef), con jubilaciones que condenan a la miseria y una política que, con complicidad judicial, arrasa territorios, no alcanza con decir que se trata solo de un modelo económico. Otra categoría posible para pensar la realidad: “Nos han declarado la guerra”, explicaron en numerosas oportunidades los zapatistas, en referencia a las políticas económicas, sociales y represivas que padecen.
Es explícito el desprecio, la crueldad y el cinismo del poder, la violencia de los de arriba contra los de abajo.
El lonko mapuche Mauro Millán resumió la situación actual: “Nuestra lucha es por la existencia misma de nuestros pueblos”. Desde hace años que en Catamarca y San Juan se denuncia la “dictadura minera”, donde las asambleas plantean con claros ejemplos cómo las multinacionales extractivas manejan a su antojo a gobernadores, legisladores y al Poder Judicial.
A quienes viven en ciudades, y a quienes no salen de la realpolitik (esa forma de actuar, con más pragmatismo que coherencia ideológica) ni traspasan la Avenida General Paz, les parece exagerado hablar de “dictaduras mineras” y de “guerras” por la vida. Quizá unos días en Andalgalá, Salinas Grandes (epicentro de la …